martes, febrero 24, 2009

Paloma Lituana


Podéis ver aquí, queridos amigos (con permiso del autor y del reconocido zoólogo que puso al mundo sobre la pista, el Padre Vytautas) la primera imagen conocida de la Paloma lituana desde que en los primeros años del XIX el botánico Zmago Jasikevičius declarara en un informe a Peter Simon Pallas la conveniencia de considerarla extinguida al describirla en su monumental Zoographia Rosso-Asiatica.

La fotografía la tomó en el puerto de Klaipėda hace tres o cuatro días un marinero de Mažeikiai, al norte de país, que, aunque antes de echarse a navegar fue muchas cosas más, y algunas no precisamente pías, nota como al envejecer crece su devoción por San Francisco de Asís: hinche su pecho de orgullo, le revuelve las tripas, casi casi le hace vomitar.

Y si bien no es del todo ortodoxo que unos colombófilos competentes como nosotros se pongan estupendos, la verdad es que la historia de esta importantísima imagen y de cómo ha llegado hasta nosotros está ligada de tal forma al azar, que uno se siente tentado, y supongo que en cualquier otra época lo hubiera hecho sin recato, a atribuirlo a la Divina Providencia.

Así me lo cuenta el Padre Vytautas en la amable carta que acompaña a la fotografía. Peculiar español el suyo, por cierto, quizá de las misiones (aunque no sabría decir de cuáles):
"Mi conozco marinero gordo en subida Colina de Cruces (Kryžiu Kalnas), bien? Lugar peregrinos. Famoso, religioso. Muchas cruces, bien? Señor marino es imbécil, bien? Simpático, bien? Carga mochila minina y saca minina cámara-photo plastic usar-tirar. Dice el imbécil: - Yo prueba foto puerto, minina gaviota. Buena cámara Fuji-plastic. Y habla más. Mucho habla el imbécil, bien? Llegamos Colina y marino gordo suda. Mi cansado a la vez. Invita mí cepelinai (Zeppelin vosotros) que imbécil lleva en Tupperware (bonito). Bueno Tupperware. Gustaba mucho mi madre, bien? Cepelinai es cocinado su hermana por viaje. Buena cocina. Después visitamos todo, vemos cruces y marinero y mí muchas fotos cámara Fuji-plastic, bien?
Cuando vuelta, amigo imbécil dice: - Padre Vytautas, tú puede sacar fotos cámara Fuji-plastic y luego dar mí? Yo pagar montante, costo, bien? Yo digo sí, quiero, y saco fotos cámara Fuji-plastic. Entonces veo, oh, oh, oh, Paloma Lituana en foto primera y llamo deprisa hermana marinero, bien? Un día más, imbécil amigo viene y yo digo gran descubrimiento grande. Él mira foto Paloma Lituana, mira mí, rasca cabeza gorda roja y dice: - Es gaviota puerto. Muchas igual en puerto.
Yo digo: - Tú no sabe, bien? Tú parece gaviota porque tú no sabe. Es Paloma Lituana. Tú verás gran suceso.
Imbécil marinero no dice nada. Hombros arriba. Callado. Gordo igual, la verdad.
Yo anuncio colegas colombomofílicos y envío ti copia y saludos y carta, bien?
Tú examina Paloma Lituana y dice mí, imbécil.

Besitos,
Padre Vytautas"

Y aquí la tengo, sobre mi escritorio: la imagen de un ave que se creía extinguida desde hace casi doscientos años. Divina Providencia. No puedo dejar de mirarla. Es casi idéntica a la lámina de la Historia Natural de Buffon que tantas horas pasé observando en el Lycée International du Colombophilie. Me emociono un poquito, la verdad. "Una gaviota", decía el ignorante, "una gaviota". Cuantas veces pan para el que no tiene dientes, miel para la boca del asno, paloma lituana para el que sólo ve gaviotas.

Mantel de peces



Éste es el mantel favorito de Molibdeno Molar.
Quería que lo supierais.
Gracias.
Buenas tardes.

lunes, febrero 23, 2009

Una canción de The Monochrome Set



Me sirve como prueba para subir canciones aquí ésta tan entrañable de Monochrome Set, del disco "Eligible bachelors" (1982).

I'll scry instead es su título, y habla de bolas de cristal y echadoras de cartas.

La primera vez que la oí fue en una cinta Basf roja y negra que pertenecía al hermano mayor de nuestro querido Emperador. Hace años (más de dos).

jueves, febrero 12, 2009

Mensaje Mono Importante (y un recordatorio que también lo es)


Publicado en Código Mono (Buen Mono) en la máquina brillante adquirida con los fondos del Plan M (de Mono) de estimulación.

Dice así:

Jovencito: - Chundarracti.
Molibdeno (quizá ya en la hora mala): - Nala.
Jovencito: - Chundarracti.
Molibdeno (quizá ya en la hora mala): - E Nala Stläpo.
Jovencito: - Chundarracti.
Molibdeno (quizá ya en la hora mala): - Áider.
Jovencito: - Chunda...Chunda.
Molibdeno (quizá ya en la hora mala): - Aj áider bruns et áialo.
Jovencito: - Racti!...Nyé!
Molibdeno (quizá ya en la hora mala): - Nacla.
Jovencito: - Chunda!...Chunda!
Molibdeno (quizá ya en la hora mala): - Natslaco.
Jovencito: - Rat.A.
Molibdeno (casi seguro: en la hora mala): - Els naia de palo.

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Para dudas con la traducción, acúdase a nuestra obra canónica: "Die Stupïd Gramatikanen" del logopeda alemán (loco) .

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(Y aprovecho para recordaros que se dice por ahí (yo lo oí en la trastienda, quizá vosotros junto al mostrador de zinc) que en los próximos días llega a Francés una remesa de monos nuevos de Tanzania, buenos monos como los que está comprando Irán a 100 euros. Así que no estaría de más que si alguien puede hacerse con un buen ejemplar, avise a Presidencia y nos reunamos en el Motor para celebrar juntos la puesta en marcha del Plan M.
Plan Mono. Plan Molar.)

domingo, febrero 08, 2009

Pesquisar es un verbo cadáver



Mono, rata, perro, buey; mosca, ballena, pelícano, alpaca: a todas estas personas interrogamos ayer en el cuartito del fondo.
Ninguna supo explicarnos muy bien por qué barquito, por qué nube negra.

miércoles, enero 21, 2009

lunes, diciembre 08, 2008

Amanecida




Dentro de poco saldrá el sol. El viento,
aún con su fresca suavidad nocturna,
lava y aclara el sueño y da viveza,
incertidumbre a los sentidos. Nubes
de pardo ceniciento, azul turquesa,
por un momento traen quietud, levantan
la vida y engrandecen su pequeña
luz. Luz que pide, tenue y tierna, pero
venturosa, porque ama. Casi a medio
camino entre la noche y la mañana,
cuando todo me acoge, cuando hasta
mi corazón me es muy amigo, ¿cómo
puedo dudar, no bendecir el alba
si aún en mi cuerpo hay juventud y hay
en mis labios amor?

Claudio Rodríguez
Alianza y condena

miércoles, julio 23, 2008

Libro malo


UN LIBRO MALÍSIMO

Carta de un amigo a otro

Muy señor mío:

Pecador soy, y muy grande, pero no tanto (a mi pobre juicio) que merezca la espantosa penitencia que vuestra merced me impone, enviándome el librete del Licenciado Carmona. Recibíle con tres actos de contrición, que apliqué por tres personas: el primero por mí; el segundo por vuestra merced; y el tercero por el triste Licenciado. Pésame de haberle pedido; pésame de que vuestra merced me le hubiese enviado; y me pesa mucho más de que el Licenciado Carmona hubiese emporcado los moldes y su buen nombre con esta rara obrilla.
[...] En fuerza de esta inclinación, sea buena o sea mala, en teniendo noticia de algún librete nuevo, me alampo por leerle; pero las más de las veces me sucede lo que a los calenturientos de fiebre aguda y ardiente: están rabiando por beber; y si alguno de los circunstantes, con piadosa crueldad, se rinde a sus instancias o a su porfía, al experimentar los perniciosos efectos de su antojo, rabian más por haber bebido y dan al diablo la caridad de el que condescendió con ellos.
Resistióse vuestra merced a la primera, segunda, tercera y cuarta instancia que le hice para que me comunicase el Método Racional, porque sabía muy bien lo que yo pedía y lo que vuestra merced me negaba; pero al fin rindióse a la quinta y, condescendiendo con mi perverso gusto, hizo añicos el quinto mandamiento matándome de medio a medio.

[...] lo que convence o lo que prueba , vuestra merced lo dirá mientras yo doy un refregón a las manos y vuelvo a enristrar la pluma para escupir mis reparos.

Y sea el primero: ¿A qué fin o por qué motivo sale al teatro del mundo, y no menos que de molde, el Licenciado Carmona con tufos de escritor y con sus polvillos de hombre de letras? Él dice que por volver por su honor, que supone ajado; y trae luego aquel textecillo del Eclesiástico, más ajado que su honor: "Habe curam de bono nomine".

[...] Pero ¿no nos dirá el Licenciado Carmona quién fue el malsín y descomulgado follón que tuvo avilantez para alterar la salud o la sanidad de su nombre? Él echa la culpa al doctor don Alfonso Ruiz y a Manuel de Medina, médicos; aquél, titular de la ciudad de Segovia; y éste, cirujano de primera letura en la misma ciudad. Conózcolos a entrambos aún más por las señas del alma, que por las facciones del semblante. Cónstame por buenos informes y noticias muy seguras que ambos son maestrazos en sus facultades respectivas y que entrambos pudieran graduarse en la facultad de atentos, modestos, cortesanos y templados; si se dieran borlas a los que sobresalen en este género de ciencias; desde luego apuesto una peluca blonda (para que en caso de perder, tenga siquiera el Licenciado Carmona una muda de peluca) a que ninguno de los dos, fuera del ardor natural de la controversia, en el ejercicio actual de las consultas se descompuso en la menor expresión que fuese ligeramente denigrativa del "buen nombre y honor" del Licenciado Carmona. Pero finjamos (ya que el señor Licenciado nos abre el campo para fingir) que alguno de ellos, o entrambos, se descuidasen en decir (y no sería grandísimo pecadazo) que no veneraban los dictámenes de Carmona como los Aforismos de Hipócrates, por esta razón, por la otra y por aquélla; este tizne venial quedaba arrinconado en un corrillo y olvidado en la noticia o en el desprecio de cuatro. Ninguno lo supiera si el Señor Licenciado no nos lo revelara; conque en suma, él mismo nos descubrió su caca por ocultarla, y se repitió el casico curioso de aquella dama púdica, que sorprendida de repente por su galán en la postura de cierta natural evacuación, queriendo afectar que estaba sentada, se sentó de veras y muy de plano sobre la mala cosa: el mozuelo, que era bellaco y algo arriscado de narices, conoció al punto la maula, y asiéndola blandamente del brazo, la levantó diciéndola con ternura picaresca:
¿Para qué es encubrir la cosi-cosa,
si así te ensucias más, querida Rosa?


Valga la verdad; el Licenciado Carmona tenía fieros pujos de escritor; reventaba por verse de molde y hacer patentes los terribles dictados de Cirujano Latino de la Real Familia de Obras y Bosques, titular de Segovia, con su bocado de Don y el saborete de Licenciado. Parecióle que en un siglo tan fecundo de escritores, en que es desdichada la madre que no tiene un hijo que imprima, él también podía meterse entre la bulla, hacer ruido con su poco de folleto. Pues, sin más ni más, finge agravios, sueña desprecios, enarbola la pluma, borrajea dislates, dalos a la prensa y cátate que ya me soy el Autor Carmona, quieran o no quieran.

[...] Llama el Licenciado Carmona a su librete Método Racional; supongo que es mote, y que le puso este nombre por antífrasis; así como llamamos pelones a los que no tienen pelo,
Y llamamos rabones a los mulos
cuando no tienen rabos en los cu...


Todo lo malo se halla en el tal librete, excepto lo racional y lo metódico, que de ello nada tiene, ni malo ni bueno; el método es puramente práctico, sin mezcla de especulativo; prescribe reglas para curar, sin pararse en definir.

[...] Ahora bien (preguntaría yo al Licenciado Carmona, si le tuviera presente), díganos vuestra merced en puridad, ¿en todos estos once capítulos se descubre siquiera alguna cosa que huela a método, práctica y gobierno con que se ha de curar, no digo yo un sabañón complicado con el morbo más cruel, pero ni aun la picadura de una mosca, complicada con el beso taimado de algún piojo? Cierto, que sin querer, se me viene a la memoria la manía de aquel loco que andaba pregonando por las calles de Sevilla: "Cualquiera persona que quisiere saber cómo se cata un melón, acuda al Tío Antón". Llegaban los muchachos, y le preguntaban: "Tío Antón, ¿cómo se cata un melón? ¿Cómo?" - respondía el loco en tono muy magistral - "sabiendo el Credo, y los Artículos de la Fe".

[...] Mientras tanto quiero yo cerrar mi armería hasta otra Carta, en que espulgaré los seis primeros capítulos del Método Racional, y diré á Vmd. mis ofrecimientos. Vmd. no dexe de acudir á la Estafeta, porque estaré fijamente á mi palabra; y si ocurriere por allá algo de nuevo, con el motivo de esta mi primera Carta, espero aviso pronto, para hacerme cargo de ello en la segunda. No mas por ahora, sino que Vmd. añada por ataharre en el froncis del Método Racional esa Decimilla que fabricó el Barbero de este Pueblo.

El Método racional,
y lo que en él se contiene,
de racional solo tiene,
lo que tiene de animal.
De la Familia Real
de Obras, Bosques y sus Frutos,
son del Autor atributos;
con que el Señor Bachiller
cirujano viene á sér
de Piedras, Troncos y Brutos.


Guarde Dios á Vmd. y le prospere, como le ruego cada dia. Fresnal del Palo, á 6. de Julio de 1732.



José Francisco de Isla
1732
En EL ENSAYO ESPAÑOL (2). El siglo XVIII.
Crítica, 1997

lunes, junio 02, 2008

Las arañas de Azorín



“Las sociedades animales son tan interesantes como las sociedades humanas. Los sociólogos las estudian con gran cuidado. Las hormigas y las abejas se agrupan en urbes, regimentadas sabiamente; son metódicas unas y otras, son laboriosas, son sagaces, son perseverantes, son humildes, son industriosas. Las arañas, en cambio, no se agrupan en sociedad jerarquizada; son más fuertes. Los naturalistas se plañen por su insociabilidad, excepto arácnidos como los opiliones. Y no hay animal más difundido sobre el planeta.
Viven bajo las aguas, como la argironeta o arañabuzo; corren sobre la superficie de los lagos, como el dolomelo orlado; fabrican su morada sobre las piedras, como la segestria; se agazapan en un pozo guateado de blanca seda, como la teniza minera, se columpian en aéreas redes, como la tejenaria, corren, nadan, saltan, vuelan, minan, trepan, tejen, patinan. Y en su insociabilidad hosca tienen como mira capital, como sentido esenciadísimo, el amor a la raza. El amor a la raza está en las arañas sobrepuesto a todo interés peculiarísimo. La raza ha de ser fuerte, recia, audaz, incontrastable. La hembra, a este fin, devora despiadadamente al macho débil que se le acerca a cortejarla. Y de este modo sólo los machos fuertes triunfan y legan a las nuevas generaciones su audacia y fortaleza.
¿Es un animal nietzcheano la araña? Yo creo que sí. Y entre todas las arañas hay un orden que más que ningín otro profesa en el reino animal esta novísima filosofía que ahora nos obsesiona a los hombres. Tres de estos araneidos – Ron, King y Pic – ha estudiado Azorín pacientemente. A continuación doy, en forma amena, algunas de sus observaciones. Excúseme el lector si las encuentra deficientes, y vea sólo en estas líneas un modesto intento de contribuir al estudio de la sociología comparada.

[…] La mosca está inmóvil; Ron no se mueve tampoco. Transcurren treinta segundos, solemnes, angustiosos, trágicos. La mosca hace un ligero movimiento. Ron salta de pronto sobre ella y la coge por la cabeza. Esta pobre mosca se mueve violentamente, patalea estremecida de terror. No, no se marchará; Ron la tiene bien cogida. “Las moscas –debe de pensar él, que, como hombre de grueso abdomen, será conservador, y como conservador, creerá en las causas finales-; las moscas se han hecho para los saltadores; yo soy saltador, luego esta mosca ha nacido y se ha criado para que yo me la coma.”
Y se la come, en efecto; pero como es un saltador afectuoso, le da de cuando en cuando golpecitos con los palpos sobre la espalda, como queriendo convencerla de su teología. Azorín no sabe si la mosca quedará convencida; ello es que sus patas han dejado de moverse y que Ron se la lleva a un ángulo, donde permanece quieto con ella un gran rato.
Después de comer, Ron se pasa los palpos por la cara, como limpiándosela, con el mismo gesto que los gatos; a veces se lleva también su pata izquierda a la boca, como si se estuviese hurgando los dientes. Una mosca cogida por Ron tarda en morir poco más de un minuto. En la succión del tórax emplea Ron veintiocho, treinta, treinta y tres minutos; en la del abdomen, uno o dos. Cuando el hambre no aprieta, suele desdeñar el abdomen; esto es plausible. […]

[…] Cuando se despierta vuelve a sus paseos. El suelo está sembrado de cadáveres. Al principio, Ron veía uno de estos cadáveres y los creía cuerpos vivos; esto era una desagradable sorpresa. Azorín ha observado que en una ocasión, para evitar decepciones, Ron se ha aproximado con discreción a un cadáver y ha alargado una pata y lo ha tocado ligeramente para averiguar si estaba muerto o vivo. […]

[…] King ha probado a correr por el cristal y no podía. Luego se ha comido dos moscas y se deslizaba por él perfectamente. Sin duda, este saltador hacía tiempo que no encontraba moscas en su camino y estaba, por consiguiente, bastante débil.
King tarda en matar una mosca un minuto y cuarenta cinco segundos. En sorber el tórax emplea treinta y cinco minutos; desdeña el abdomen. King, como todas las arañas, ama la noche. Aplacado su apetito, mira indiferente a las moscas que corren por la caja; pero a la mañana siguiente, todas, sean las que fueren, aparecerán muertas.[…]

[…] Porque Pic será pequeño, pero tiene arrestos. Una mosca yace patas arriba en medio de la caja; Pic se acerca, creyéndola, sin duda, muerta; la mosca suelta una patada; Pic se queda atónito. Después se vuelve a acercar y la torna a tocar en el ala; la mosca rebulle y se pone en pie. He aquí un terrible compromiso; pero Pic no se arredra. Al contrario, salta sobre ella, tratando de cogerla; la mosca, como es natural, se esquiva. Al fin, Pic la coge por la cabeza, y entonces, como Pic es pequeñito y la mosca tiene mucha fuerza, arrastra la mosca a Pic y lo lleva un momento revoloteando por el aire. Pero Pic no la suelta y logra afianzarla en un rincón, donde la mosca permanece cuatro minutos pataleando, y al cabo sucumbe.

VI

Azorín, cansado de los arácnidos y de las plantas se ha venido a Monóvar.”

José Martínez Ruiz, Azorín
Antonio Azorín (1903)
Ed. Orbis, 1982.

jueves, mayo 29, 2008

La tela de araña de Jovellanos


27 de setiembre de 1790

"[...] En la jornada a Ribadesella por Collía, telas de arañas, hermoseadas con el rocío, así:

Cada gota un brillante, redondo, igual, de vista muy encantadora. Marañas entre las árgomas, no tejidas vertical, sino horizontalmente, muy enredadas, sin plan ni dibujo. ¡Cosa admirable! Hilos que atraviesan de un árbol a otro a gran distancia, que suben del suelo a las ramas sin tocar el tronco, que atraviesan un callejón. ¿Por dónde pasaron estas hilanderas y tejedoras, que sin trama ni urdimbre, sin lanzadera, peine ni enxullo tejen tan admirables obras? ¿Y cómo no las abate el rocío? El peso del agua que hay sobre ellas excede sin duda en un décuplo al de los hilos. Todo se trabaja en una noche; el sol del siguiente día deshace las obras y obliga a renovar la tarea."

Gaspar Melchor de Jovellanos
Diario
(Planeta, 1992)

martes, febrero 05, 2008

Craneano Souvenir



Recuerdos de una tarde pero que muy agradable (vive Dios que sí) de hace ya un tiempo.
A ratos sub dio. Otros, no.


- Al tresbolillo –decía mi madre.
- Ana Bolena –decía mi papá.
Y así pasábamos los días frescos de primavera y los no tan frescos de veranito en la casa grande de la playé, más allá del cruce entre el Monte Sinaí y la Clínica Mayo.
Precisamente allí, en la Clínica Mayo, fue donde la casualidad (quizá el destino; nunca Mario Monreal ni el Epifanista Medio) quiso agasajarme con el bonito icono craneal que ilustra esta dulce remembranza en la que no hay ni pizca de melancolía pero sí un puntito de estragón (Francés).
Tenía cita aquella tarde con el célebre Dr. Oreja Caracola Ruidodeola, el mago del canon de fieltro y la mariposa láser. En mi cartilla de ingreso podía leerse el motivo en letras aguamarina: el chico éste lo que quiere es que el buen doctor le haga un Retrato Robot con granitos de arena de la parte occidental de Venice Beach y otro para su madre con legumbres pegadas con Imedio en cartulina medié (a ser posible color cigarro).
Tras tomarme los datos y un café de la máquina negra, los amables Hombres-Mayo me ofrecieron una silla de ruedas con neumáticos nuevos noruegos o así y una palanca de freno como un enorme bálano de imprevisible comportamiento y unos flecos de piel de torquemada en los bracillos y unas campanillas (dos) en el reverso tenebroso. Me costó un poco mirar a los fluorescentes del pasillo por el que me condujeron hasta la sala de espera B52 como se mira a los fluorescentes de los pasillos de los hospitales en las películas. Es más cómodo desde una camilla, la verdad, pero como siempre nos decía nuestro papá: Ana Bolena. Supongo que pude haberme partido el cuello en mi empeño, pero os aseguro, amigos lectores (ya en paños menores), que valió la pena.
Los Hombres-Mayo me dieron un besito entre ceja y ceja (podría decir “en el tercer ojo”, claro, pero quizá algún desalmado podría tomarlo a guasa y quemarme la furgoneta) y me aparcaron junto a un estetoscopio gigante con cara de castigar el empedrado del barrio de Lavapiés. Al poco, arrullado por la bella música del hilo interpretada con entusiasmo por la Coral Polifónica de Jóvenes Desnudos de Florida Park, me quedé dormidito, con el mentón apoyado en la mano derecha; la oreja izquierda más bien fría, no he de ocultarlo. Y fue en aquel punto cuando (y reclamo vuestra atención, amiguitos, porque ahora viene lo bueno) un deleitosísimo aroma hizo renacer mis sentidos. Diría que era una sutil mixtura de vainilla, canela y piel de Yak. Abrí los ojos y allí estaba, ante mí, a metro y medio, metro cincuenta y cinco, metro sesenta a lo sumo, el grande grande Presidente de Todo lo Molar, el incomparable prohombre de días de etiqueta y ferias junto al riachuelo, el prodigioso técnico de la vida buena, el matacallando ojos-champín que aleja de ti la hora mala: el legendario Molibdeno Molar.
Andaba regalando a todo el que quisiera disfrutar de una espléndida tarde de luz blanca bajo el techo de Mayo radiografías autografiadas de su cráneo: el que todo lo piensa. Una cabeza con pelos en la parte de arriba, a los lados, debajo de la barbilla y sobre el labio superior.
A mí me tocó en suerte ya la última, la de las sábanas blancas y un botón junto a la cama. Me la entregó con un viril apretón de manos, puso en mis ojos los suyos y, sosteniendo la mirada, me dijo: zambrano, pelota, rodillera, madre.


Jaime Cebolla
Introducción al Manual del Perfecto Transeúnte
Trad. de Luigi Bazzoni.
(20noséuqécauntos)
Ed. Perro mojado. No entran moscas.

lunes, noviembre 19, 2007

No sé qué soy, pero sé de qué huyo


Vuelvo a encontrarme esta noche con uno de los amiguitos con los que (desde hace mucho, ya para siempre; con grata insistencia este otoño) uno siempre se acaba tropezando.
Aparece leyendo esto:

"El lector de las páginas que anteceden se ha interrogado seguramente sobre la alternativa -posible y opuesta- a las corrientes irracionalistas aquí criticadas o preguntado, en todo caso, cuál es la osición del autor. Aunque implícitas, las opciones están presentes, en cierto modo, en las mismas críticas a las ideas expuestas y en las argumentaciones utilizadas para rebatirlas. Es verdad que sólo se menciona en raras ocasiones a aquellos filósofos que mejor expresan mi manera de pensar. Parecería que la crítica se encontrara con un vacío donde ningún sistema sustituiría a los que han sido negados, acaso porque se sabe, desde Dante, que es más fácil mostrar el mal que el bien. El sucesivo abandono de teorías filosóficas o la decepción frente a ideas políticas no conducen, sin embargo, al escepticismo; para quien sabe extraer lecciones de los errores y de los fracasos, éstos alientan, por el contrario, nuevas expectativas de aproximación a la verdad. La divisa de mi derrotero intelectual es la conclusión de Montaigne: "No sé qué soy, pero sé de qué huyo."

Juan José Sebreli
El olvido de la razón
(Un recorrido crítico por la filosofía contemporánea)
Debate

jueves, noviembre 08, 2007

Grifol y su ilustrísima



Venía don Vicente Grifol de la Huerta de los Calzados, antiguo granero espiscopal, y en medio de la calle de la Verónica – querencia de las sastrerías eclesiásticas, de las tiendas de ornamentos, de los obradores de cirios y chocolates – le alcanzó la voz campechana de don Magín.
Aguardóse el médico. El capellán le puso su brazo robusto en los hombros viejecitos y se le fue llevando a Palacio.
Camino de Palacio, decía don Vicente:
- Casi todos los recados de enfermos de ahora me cogen en la calle, como si llamaran a un lañador o a un buhonero que pasa. Oleza está lo mismo que cuando llegué de Murcia, el día de la Anunciación, hace cuarenta y dos años. Pero algunos olecenses se piensan que su pueblo se ha hinchado como un Londres. ¿Usted no ha ido a Londres? Yo sí que estuve, siendo mozo, como hijo de naranjero. Fui a vender las naranjas de mi padre, naranjas amargas para la confitura. A todas las gentes de los muelles, de los almacenes y lonjas, a todas las recordaba yo a mi gusto, por la noche, en mi cuarto. Pues a mí, de comida a comida, ni siquiera me reconocían los españoles que se albergaban en mi posada. Es una felicidad la insignificancia: no ser espectáculo para los demás y serlo todos para uno. Por eso, un mocito estudiante, no reparando en mí, se abrió las venas en mi alcoba. Pero se engañó. Yo le vi torciéndose encima de la cuajada de su sangre. Le remendé los cortes, se los fajé y tuvo que matarse en otro sitio… Oleza se cree tan ancha, tan crecida, que ya no me ve. O me ve, y nada. Es decir, nada sí; algunos me miran y me sonríen por si acaso yo fuese yo…
Y ahora, vamos a ver…

Hablando, hablando, hallóse solo en la meseta alta de la escalera de Palacio, porque don Magín se lo dejó para prevenir a su ilustrísima. Grifol se puso a mirar la antecámara. Un eclesiástico descolorido escribía en su bufetillo de faldas de velludo rojo, sin sentir la presencia del médico. Lo mismo que todo el mundo.
Luego volvió don Magín y entró a su amigo, colocándole delante del prelado.
Grifol besó una mano enguantada de seda violeta, una mano sin sortija. Y pensó: “Acabo de trastrocar mi beso de cortesía, o de reverencia, o de lo que sea; pero ya no he de enmendarlo tomándole la otra mano. ¡Y qué manos tan gordas! Debajo de los guantes no se le siente la piel, sino una blandura de hilas embebidas de aceites…”
Su ilustrísima se desnudó las manos. Don Magín fue descogiéndole los vendajes y apareció el metacarpo, acortezado de racimillos de vesículas; las palmas estaban limpias y tersas. Su ilustrísima se miraba su carne llagada como si no fuese suya, y al hablar encogía apretadamente la boca.
El médico y el obispo se sonrieron con ternura de compasión y de compadecido.
- Vamos a ver: ¿y las noches? Levantándose, acostándose, con un prurito de uñas, de pinchas. No acaban esas noches, ¿verdad?
- Casi todas las noches sin sueño. Me lloran los ojos de dilatarlos. Una avidez de ojos, de oídos y hasta de pensamientos, y no es por el dolor que me quema concretamente un tejido, sino por la espera de que brote ese dolor en otro lado de mi cuerpo. Y me miro todo con una angustia que me hace sudar.
- Las manos. ¿Y en las rodillas, en la cintura, casi toda la cintura, y en las ingles?
- Donde usted dice, y, además, entre los hombros, subiéndome. Pronto llegará a la nuca.
Don Vicente se quitó los anteojos, les puso su vaho, los estregó entre los pliegues de un mitón. Volviese hacia el ancho ventanal, y en sus espejuelos limpios se recogían y renovaban las miniaturas de la tarde campesina: un follaje, una yunta, un temblor del cáñamo verde, un trozo de horizonte…


Gabriel Miró
El obispo leproso
Alianza Editorial

miércoles, noviembre 07, 2007

La alegría de encontrarse (era muy tarde, de madrugada, casi la hora mala y, la verdad, ya no lo esperaba) con un viejo amigo




“Capítulo IV

El capellán del obispo

Del linaje del reverendo señor Slope no puedo decir mucho. He oído asegurar que desciende directamente del ilustre médico que atendió el parto del señor Tristram Shandy y que, a temprana edad, añadió una “e” a su apellido para mejorar su eufonía, como otros grandes hombres habían hecho antes que él. Si en efecto todo eso es así, entonces supongo que fue bautizado Obadiah, pues tal es su nombre, en conmemoración del conflicto en el que tanto se distinguió su antepasado. No obstante, pese a todas mis investigaciones sobre el tema, no he sido capaz de determinar la fecha exacta en que la familia cambió de religión. (45)
Fue alumno becario en Cambridge, donde supo aprovechar la oportunidad que se le brindaba, pues a su debido tiempo se licenció y pasó a tener estudiantes universitarios a su cargo. De allí fue enviado a Londres para predicar en una nueva iglesia de distrito erigida en los confines de Baker Street. Ocupaba ese puesto cuando sus ideas similares sobre cuestiones religiosas hicieron que se ganara la confianza de la señora Proudie, relación que con el tiempo se tornó estrecha y confidencial.
Al ser lanzado con tanta familiaridad en medio de las señoritas Proudie, era de lo más natural que surgiera algún sentimiento más dulce que el de la amistad. Así, ha habido algunos momentos amorosos entre él y la hija mayor, Olivia, pero hasta el momento no han dado como resultado ningún acuerdo favorable. Lo cierto es que el señor Slope, tras haberle declarado su afecto, lo retiró al poco, cuando descubrió que el doctor carecía en esos momentos de fondos económicos con los que dotar a su hija y, como podrán imaginarse, después de ese cambio de intenciones por parte del señor Slope, la señorita Proudie no se quedó con muchas ganas de recibir de él ninguna muestra más de afecto. Al ser nombrado el doctor Proudie obispo de Barchester, el punto de vista del doctor Slope cambió bastante. Los obispos, aunque sean pobres, siempre están en condiciones de aportar una dote para sus hijas, y el señor Slope comenzó a lamentarse de no haber sido más desinteresado. En cuanto se enteró del ascenso del doctor, reemprendió el acoso, claro está que sin violencia, sino con respeto y a cierta distancia. Sin embargo, Olivia Proudie era una chica de muchos bríos; la sangre de dos nobles corría por sus venas y, lo que es más importante, tenía otro enamorado en la recámara. Así que el señor Slope suspiró por ella en vano, y la pareja pronto vio que lo más conveniente sería establecer entre ellos un lazo mutuo de odio inveterado. […]
El señor Slope pronto se consoló con la idea de que, al haber sido elegido capellán del obispo, podría disfrutar de todo lo bueno que implicaba el cargo sin tener que molestarse por la hija de aquél, y así le resultó más fácil soportar las punzadas del amor rechazado. Tan pronto se sentó en el vagón del tren frente al obispo y a la señora Proudie, en su primer viaje a Barchester, comenzó a planear su vida futura. Conocía bien los puntos fuertes de su superior, pero también conocía los débiles. Sabía perfectamente hacia dónde se iban a dirigir las aspiraciones del nuevo obispo, y que la vida pública encajaba mejor con los gustos de ese gran hombre que los pequeños detalles de las obligaciones de una diócesis.
Por lo tanto sería él, el señor Slope, el verdadero obispo de Barchester. Tal fue su decisión y, para ser justos con él, hemos de decir que tenía tanto el valor como el espíritu para sacar su determinación adelante. Sabía que tendría que librar una dura batalla, pues el poder y mandato de la sede serían asimismo codiciados por otra gran mente: la señora Proudie también querría ser obispo de Barchester. No obstante, al señor Slope le halagaba pensar que podía superar a aquella dama. Ella tendría que pasar mucho tiempo en Londres, mientras que él siempre estaría allí. Necesariamente ella no se enteraría de muchas cosas, mientras que él estaría al tanto de todo lo relacionado con la diócesis. Al principio, sin duda, tendría que adularla y engatusarla, quizá incluso tendría que ceder en algunas cuestiones, pero no dudaba de su triunfo final. Si fallaban todos los demás recursos, podía unirse al obispo contra su mujer, instilarle valor a ese desdichado hombre, clavar un hacha en la misma raíz del poder de la esposa y emancipar al marido.”

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(45) Es decir, el señor Slope es descendiente del doctor Slop, personaje de la célebre novela Tristram Shandy, escrita entre 1760 y 1767 por el clérigo anglicano Laurence Sterne. La alusión a los grandes hombres que, al igual que Slope, han añadido una letra al final de su apellido es una broma personal de Trollope, puesto que en inglés existe la palabra trollop que, para colmo, significa “mujerzuela”. En la novela de Sterne, el doctor Slop tiene un enfrentamiento con un criado de la familia Shandy, Obadiah, y de ahí el nombre del capellán. Además, el doctor Slop es católico, por lo que Trollope menciona el cambio de religión de la familia, lo cual le sirve como una forma más de indicar la hipocresía característica del personaje.


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Anthony Trollope (1815-1882)
Las torres de Barchester
(trad. de Miguel Ángel Pérez Pérez)
Cátedra

miércoles, octubre 24, 2007

De la amistad


A Esteban de la Boétie

“El de la amistad, es un calor general y universal, que permanece templado e igual, un calor constante y sentado, que es todo dulzura y delicadeza, que no es ávido ni punzante en absoluto”.

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“En la amistad de la que hablo se mezclan y confunden [las almas] una con otra en unión tan universal, que borran la sutura que las ha unido para no volverla a encontrar. Si me obligan a decir por qué le quería, siento que sólo puedo expresarlo contestando: Porque era él, porque era yo.
Hay, más allá de mi entendimiento y de lo que pueda decir particularmente sobre ello, no sé qué fuerza inexplicable y fatal, mediadora en esta unión. Nos buscábamos antes de habernos visto y por los relatos que oíamos el uno del otro, que hacían más mella en nuestro afecto de la que razonablemente hacen los relatos, creo que por algún designio del cielo: nos abrazábamos con nuestros nombres. Y en nuestro primer encuentro en una gran fiesta y reunión ciudadana, nos vimos tan unidos, tan conocidos, tan comprometidos el uno con el otro, que desde entonces nadie nos fue tan próximo como el uno al otro. Escribió él una sátira latina excelente, que se publicó, en la que justifica y explica la precipitación de nuestro entendimiento tan pronto en llegar a su perfección. Habiendo de durar tan poco y habiendo comenzado tan tarde, pues los dos éramos hombres ya hechos y él algunos años mayor, no tenía tiempo que perder ni debía seguir el patrón de esas amistades lánguidas y monótonas que necesitan tanta precaución de larga y previa conversación. Esta no tiene más idea que ella misma y no puede referirse más que a sí; no es una consideración especial, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni mil; no sé qué quintaesencia de toda esa mezcla fue la que habiéndose apoderado de toda mi voluntad, llevóla a sumergirse y perderse en la suya; la que habiéndose apoderado de toda su voluntad, llevóla a sumergirse y perderse en la mía, con avidez y emulación semejantes. Y digo perderse, en verdad, porque no nos reservamos nada que nos fuese propio, ni que fuese suyo o mío.”

Michel de Montaigne
(1533 – 1592)
Ensayos (Tomo I)
(Trad. de María Dolores Picazo y Almudena Montojo)
Cátedra, 1992.

martes, octubre 23, 2007

Hay que leer a Montaigne


Hace unos años se decía: “Hay que leer a Cortázar”.
Y yo (para mí) pensaba:
- No, si no es que me parezca mal, hombre, pero al que hay que leer es a Montaigne.

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“La amistad recíproca entre el adulto y el menor transforma una interpretación de la existencia en confidencias personales y una meditación moral en consejos indirectos. El doctor Imbert poseía una vasta cultura y la ampliaba sin cesar. Pero no existía ni un átomo de esa cultura que no se hubiese asimilado completamente en lo más íntimo de su yo y de su sensibilidad. De modo que si citaba a un autor era porque la cita, en aquel preciso instante, se ajustaba perfectamente a lo más profundo de su pensamiento, como le ocurría a Montaigne en cierto modo. De hecho, fue él quien me animó a enfrascarme sin reservas y sin prisas en la lectura de los Ensayos.
Semejante enseñanza sólo puede comunicarse a través de la palabra, pues sólo ella presta su ritmo a la combinación de la noción y de la intuición, de la idea y del sentimiento, de lo universal y de lo particular. Hugo Friedrich apunta, en el compendio magistral que le ha consagrado, que si uno lee a Montaigne en largas secuencias ininterrumpidas, como debe hacerse, llega un momento en que de pronto es como si lo tuviera delante hablando. Entonces, lo que nos brinda como una revelación única penetra en nosotros con su música. En esto consiste lo que los antiguos denominaban enseñanza filosófica. Un libro reducido a la escritura era para ellos como una partitura que una orquesta nunca tocaría. Sin el diálogo, el texto escrito se marchita, ya que, como dice Platón, “su padre no está ahí para defenderlo”. El único maestro, aparte de Pierre Imbert, que me cautivó durante mi adolescencia por la fusión verbal de la sonoridad y el pensamiento fue mi profesor de historia en khâgne, Joseph Hours. Tenía una forma melodiosa de empezar una clase, tras un largo recogimiento, como se acomete una suite de Bach para violonchelo solo. Nos acariciaba la mente modulando con un vigor lastimero: “¡Napoleón III era inteligente!”.”

Jean-François Revel
Memorias. El ladrón en la casa vacía.
(Trad. de Juan Antonio Vivanco Gefaell)
Ed. Gota a gota, 2007

lunes, octubre 22, 2007

El hombre cultivado


“Tomemos de Nietzsche, que Malraux había leído en diagonal, la definición de ese término: “Un hombre verdaderamente cultivado posee ese bien inestimable de poder permanecer fiel a los instintos contemplativos de su infancia, y esperar así una calma y una armonía de las que, a quien le atrae la lucha por la vida, ni siquiera puede tener idea”.

Marc Fumaroli
El Estado cultural (ensayo sobre una religión moderna)
Acantilado, 2007

domingo, octubre 21, 2007

Agonistas copulantes


“Pero si la cópula es una agonía, una lucha, lo es precisamente por lo contrario de su esencia. Los agoniastas son aquí el vivo amor propio de cada copulante y su anhelo de identificación con el otro. En el rito más íntimo y efusivo, en el supremo rito de caridad, cada oficiante conserva, a pesar suyo, vivo e ileso el sentimiento de su identidad y se detiene, cauto, al borde de ese abismo en que su generoso frenesí se precipita. El rito más íntimo y recíproco, en el que más se aproximan las analogías, es también la confrontación más viva de las diferencias. Nunca son más semejantes ni más diversos el varón y la hembra que en este acto de suprema confrontación. Analogías y diferencias adquieren la conciencia de sí mismas en este terrible contraste; y se sienten a un tiempo lanzadas y retorcidas, por modo tan singular, que precisamente lo diverso es lo que aquí hace posible la aproximación de lo homogéneo. ¡Maravilla pavorosa! Lo análogo sólo puede lograr su unión sino por medio de lo singular. Y esta condición terrible es lo que da a la cópula su ritmo inconfundible. Las analogías, al fundirse precisamente, es cuando más advierten su irreparable diferencia, y atónitas por esa turbadora revelación, atónitas y como reacias, permanecen al borde mismo de su unión cohibidas por el anhelo de desentrañar el misterio de su seducción y de su espanto. Porque precisamente lo que les seduce es lo que les asusta, y el misterio de su unión logrado por medio de lo singular las paraliza en un éxtasis de angustia y de preservación. Pero al mismo tiempo la seducción se hace más viva, el anhelo de lograr lo contrario, ese anhelo que infringe los vetos del sexo individual y que constituye el pecado de toda cópula, prevalece y surge entonces esa ansia de olvidar lo evidente, de negar lo más real, apresándolo y absorbiéndolo en un ímpetu sobrehumano. Puede decirse que la cópula aparece a cada sexo como una meta de reivindicaciones y como un término de su propia negación; como una incitación a nueva vida y como una amenaza de muerte. En el rito misterioso cada sexo, al afirmarse, se desintegra, realiza un acto de rapiña y se entrega a sí propio, se colma y se defrauda, cede sus atributos en un arrebato de loca prodigalidad para lograr los contrarios, lo tiene todo y no tiene nada. Los úteros, se colman por fin maravillosamente, los falos, conocen la profundidad de las vaginas, todo está confundido: el hombre se hace mujer, la mujer conoce la gloria viril, y hombre y mujer unidos no son más que una síntesis en la que no existen por sí mismos.”

Rafael Cansinos-Assens
Ética y estética de los sexos. 1921.
Ed. Júcar, 1973.

miércoles, octubre 17, 2007

Los Lamelibranquios Mórbidos en el disco-bar de Gijón y esas bellas amistades que nacen (quizá para siempre) en los campos de arroz


Los Lamelibranquios Mórbidos salen a escena en un disco-bar de Gijón. Presentan su último trabajo: “Lapislázuli Anatema: ¿Pony o alazán?”, una recopilación de sus canciones de embozo y cantinela más dos bonus- track con versiones de Zack Martín Morreau adaptadas a la onda actual, la que se lleva, la que trufa el praliné.
El líder de la banda, Juanito Juan Nadie, saluda al público con gesto altivo. Después se despoja de su camiseta a rayas horizontales y apoya en el suelo del escenario su guitarra con doble humbucker y agujeros en forma de f a los lados; semidesnudo en la noche de San Juan, proclama a voz en grito el comienzo de una nueva era de castañeteo y crujir de dientes. Palomitas de maíz.
A su izquierda, peludo y suave, Filemón Sebuola, el bajista toledano, se rasca el occipital mientras mordisquea un gajo de satsuma. Como nunca dice nada, siempre está callado. Come naranjas pequeñas.
A su derecha, pirulín pirulero, un bendito niño que nació en Belén con guitarrita de palo y guedejas de malvado pegadas al rostro. Lo llamaremos Gimnasta Paleto. Por lo menos hasta que nos parezca oportuno. Quizá más.
Detrás, al fin, bombos, timbales, caja, címbalos y cimbalillos, el gran baterista tuerto Palillos de Fuego (ojo de colibrí), aquel que – según la prestigiosa revista juvenil Chavales en Acción – parte la pana en los Lamelibranquios. Aunque parezca que no. O sí. O todo lo contrario. Que caiga un chaparrón.

Ellos, allí, a lo suyo, sin saber que Dientes de Sable está entre el público. Acompaña a un señor de Sueca (vientre de Buda, calvito y zalamero) que vive en un transformador eléctrico entre los arrozales.
Espera ver algo realmente excepcional, la cresta más alta de la última ola. Así, al menos, se lo aseguraba hace unos días su tía Quinina en una apasionada carta en la que junto a unos hermosísimos versos de Don Ramón de Campoamor y Campoosorio

No vio una madre más bella
la nación del sol poniente...
pero ya una losa de ella
le separa eternamente.
¡Gime y toca! ¡Horror sublime!
Mas, cuando entre dientes gime,
no bala como un cordero,
pues ruge como un león
el gaitero,
el gaitero de Gijón.

le hablaba de la inaplazable revolución pendiente, de cómo cocinar las gachas sin chamuscarse los pelillos de las ingles y (he aquí lo que nos interesa) de unos mozos muy majetes que animaban los bailes en el disco-bar de Gijón que ha abierto el malfamado Ursistino Gronchagosos donde (tú te acordarás, Dientecillos mío, sobrinito querido) estaba la fábrica de fósforos de la Internacional Cerillera Corporation.

En realidad, a Dientes su tía Quinina le parece una vieja reseca y medio gilipollas que sólo pretende acariciarle las nalgas y darle algún que otro besito en las mejillas velludas mientras le pone la cabeza como un bombo DW con doble pedal 6X-700 con las historias de la bella molinera y su interminable lista de amantes desaseados. Lo cual no impide que aprecie su gusto exquisito (más: extremado) para la poesía romántica y la música popular.

Quizá por eso, tras leer su carta y reflexionar unos minutos sobre el tan traído marasmo espiritual de la chavalería Francés, se sintió llamado a una búsqueda, a una arriesgada exploración en los caliginosos parajes de su infancia.
No corto, no perezoso, no, montó en su flamante bólido de fabricación Francés y se dijo para sí (tan bajito que casi no se oye): - A Gijón, sí, pero pasando por Sueca, que aunque el camino es un poco más largo, se disfruta más del paisaje.
Así se explica que en su viaje trabara amistad con un señor de Sueca que vive en un transformador eléctrico entre los arrozales. Es notorio que los campos de arroz (sobre todo en septiembre, cuando empieza a espigar) son un lugar idóneo para entablar amistades que quizá duren toda la vida, aunque puede ser que no se haya escrito (a pesar de obras tan admirables como “La amistad en los arrozales” del Profesor Tres Laberintos: Cerebro, Oído y Vientre) aún lo suficiente sobre asunto tan cautivador.

En fin: que Dientes de Sable estaba ansioso de ver a los Lamelibranquios Mórbidos; ellos: deseosos de agradar y de ser mimados después por legiones de bellas molineras con besos trigales y cabellos maizales y sonrisas cereales.

Más: Dientes de Sable es el gran factótum de Discos Francés, la mayor casa de discos de todo Francés. Hay quien dice que es la única, aunque habría mucho que discutir, si bien no sabría deciros con quién. Dejadme un tiempo para averiguarlo. Gracias.
Por eso, porque es todo un gerifalte de lo suyo es tan importante su presencia en el disco-bar de Gijón.

Por eso y por lo que oculta (¡Cuántas veces tendré que repetíroslo! Todas serán pocas) Irene en el cuarto de invitados.

lunes, octubre 15, 2007

Guiyelmo y Los Proustcritos




Nino Caniche sale al escenario de un teatro vacío ante un único espectador. Es Calderón Semilla, su mejor amigo, su más ferviente admirador. Espera hacerle pasar un rato delicioso con un nuevo ramillete de soliloquios cómicos que recién acaba de componer.
Veamos lo que pasa, porque Nino empieza a desdoblarse. Le cambia la voz al hablar consigo mismo. Es un fenómeno:

- Me encanta que saque usted el tema de los pickelhauben, porque yo me paso la vida pensando en yelmos y morriones – le dije.
- ¿Ah, sí? – me contesta con voz de tortuga o de liebre - ¿Y cuál cree usted que debería ocupar el lugar más destacado en la Historia?
- Pues mire, no acabo de decidirme entre dos – le respondo.
- A ver, déjeme adivinar: el yelmo de Mambrino y el de Jaime I el Conquistador.
- Frío, frío, amigo mío.
- ¿El yelmo de la invisibilidad de Hades que acaba en manos de Perseo?
- ¿Se lo digo? Mejor se lo digo y dejamos de sufrir los dos – le respondo.
- Adelante, pues, ¿cúales son esos dos yelmos que superan a todos los demás en leyenda y tradición?
- Fácil, compañero: Guiyelmo Tell y Guiyelmo Brown, con o sin Proustcritos.

Calderón Semilla se retuerce de risa en el patio de butacas. Aplaude como un poseso. Se tira del pelo y se relame el bigote. Esta vez el buen Caniche se ha superado. Él solo se basta para dar vida a tan hilarante coloquio. Ya lo habíamos dicho y no en vano: un verdadero fenómeno.

Mientras, Nino - fugaz visión (¿te imaginas?) de un teatro abarrotado con el público en pie, enloquecido, aplaudiendo y gritando su nombre- sigue con su desternillante actuación. Atendamos:

- Hablando de Proust y de magdalenas (o madalenas o madeleines o múffines o), recuerdo la primera vez que llevé una bolsa a casa para mojarlas en leche con la familia y ver si recordábamos cosas o teníamos reminiscencias hasta perder el control o algo o nada. Me la regaló un señor desconocido al que veía todos los días. A ver: en realidad no llegué a conocerlo porque no supe su nombre ni cruzamos palabra, aunque siempre me pareció distinguido y respetable, los ojitos melancólicos y la sonrisa giodondesca. Labios finos.
Recordaréis que por aquel entonces, cuando aún no había ascensores en casi ningún sitio, los descansillos de casi todos los grandes edificios de Francés eran como saloncitos amueblados, con espacio para sentarse y descansar: un tresillo o un diván de terciopelo, dos columnas con jarrones y flores frescas, un paisaje enmarcado. Bien. Lo que quizá no recordéis o no llegasteis a ver (veo mucha juventud entre el distinguido público) es que durante un par de años, quizá un poco más, no digo que no, se consideró de buen tono tener un hombre desnudo en el diván del rellano del primero. Nosotros, claro, tuvimos el nuestro, y puedo jurarles que no era de los peores: muy bonico. Era muy bonico. Requetebonico. Piel blanquita y manos blancas, con dedos largos y cuidados. El pelo negro recogido en una redecilla dorada. Un bigotillo muy fino, siempre aseado, con su puntito de cera, le daba un toque de osado barbián. A veces: flor en el pelo. Otras: no. Se recostaba como una Venus (qué hacía yo por aquel entonces, se preguntarán: pues lo que todos los niños en Francés: leer a Proust hasta darle la vuelta una y otra vez al Tiempo Perdido [¡A la recherche, a la recherche! Era nuestro grito de guerra cuando nos reuníamos clandestinamente para hacer lecturas en grupo y comentar lo de la magdalena o madalena o madeleine o muffin; la mano derecha siempre en la rodilla del otro; pantalones cortos] y estudiar Historia del Arte saltándonos todo lo referente al Siglo XVIII, por acaso y capricho de vaya usted a saber quién. ¿Jack Lang? Ni me lo nombres, nano, ni me lo nombres, que me pongo imposible de papiloma y me salta la corcova cosa fina). Pues bien: una Venus. Primero me pareció la de Giorgione, tan refinada en su paisaje campestre. Después (venía de clase y en el Liceo no hablábamos de otra cosa: Venus y más Venus; calcetines hasta las rodillas) la de Urbino de Tiziano y dos trimestres más tarde (pasando por alto el XVIII, eh, que no está la Magdalena para tafetanes) la Olympia de Manet. Ésta (quizá por la flor que le gustaba prenderse al cabello cuando estaba de buen humor) era la que más perfectamente encarnaba en el señor del descansillo del primero. Aún así, algo no encajaba del todo y pronto supe encontrarlo. También la solución. Tras una memorable búsqueda en los barrios llenos de gatos, me traje a casa el más negro que encontré y lo puse complacido a los pies de nuestro señor desnudo. La estampa, ahora sí, era inmejorable. Juraría que ninguno de los otros señores desnudos en rellanos Francés se parecía tanto a la Olympia de Manet. Ya les hubiera gustado ya, a mis queridos vecinos de todo Francés. Todo. Francés. Les hubiera gustado. Al verlo me dieron unas ganas terribles de inventar la fotografía, pero no: se acercaba (se acerca cada día y cada día hay que darle la espalda, ¿verdad?) la hora mala y me quedaban todavía un par de redacciones sobre la piel desabrigada de Swann en los Tomos 1 y 2 de A La Recherche para el día siguiente: clase con Don Pirulón Teñaqui. Cosa seria. Pirulón del bueno.
Pues veréis: tuve tiempo (aún lo hago de vez en cuando, en ratitos muertos, aguantando la respiración hasta sentir el cerebro el doble de grande y la frente llena de venas) de arrepentirme. Debía haber inmortalizado tan bella estampa de descansillo porque no hubo más (no la misma, al menos): al día siguiente(¡qué feliz!, ¡Al Liceo, al Liceo!, Príncipe de Gales y plumita en el sombrero), del señor desnudo sólo quedaban algunos trozos de carne y huesos y vísceras de los que no os puedo decir el nombre porque no salen en A Le Recherche du Temps Perdu.
- Bueno: supongo que la idea de rebozar unas lonchas de jamón york de Lorazepam, Diazepam y Benzodiazepum fue buena para atrapar al gato más grande y más negro del barrio de los gatos, pero no para conocer su carácter, sus manías nutricionales ni su fiereza – pensé. Y lo repetí en voz alta para que se fijara en mi mente, recordarlo y contároslo ahora con gran presencia de ánimo y una plaquita de peltre en el bolsillo.

Calderón Semilla tiene la chorra fuera hace ya un buen rato. Suele salirse sola a la hora y media de entrar al teatro, pero hoy, de tanta dicha, de tanto despelote, de tanta admiración por Nino, por el buen Nino, por el Gran Nino Gomera, no lo ha podido aguantar y ha estallado en feliz rapto, viaje al infinito. Ved cómo corre desnudo de cintura para abajo entre las butacas. ¿Verdad que es adorable? Lo querían contratar para una película de chicos y chicas en la playa, pero se quedó dormidito y no pudo ser.

viernes, agosto 17, 2007

Apoteosis Trenzano (2)


Como todos los años desde que Francés es Francés, los preparativos habían comenzado seis días antes: unos minutos después de que el Gran Chambelán Peneano Figino Barriguitas III apareciera semidesnudo en el balcón de Palacio y convocara a todo Francés con gritos, gruñidos, llanto y crujir de dientes al Gran Desfile Anual de la Máscara.

Un ejército de filósofos negros y de blondos alsacianos con las tetitas en flor se encargó durante tres días de preparar el inmenso salón de baile. Dieron lustre al linóleo de Chicago, aspiraron el polvo de los tapices de la Real Casa Afroamericana de Colgaduras y Lienzos en los que se cuenta la famosa historia de los amores de la reina Ranavalona III con Sir Archibald Yoiledú Wescott (también III) , hicieron desaparecer las marcas de cigarrillo de los sillones y la ropita interior hecha jirones de alguna doncella mancillada (se dice que por el Duque, se dice que por el Dú).
Tras esto, el jovial batallón de limpieza pasó a tareas más gratas: preparar la tarima para la orquesta, poner cartoncitos bien disimulados bajo las patas de los muebles cojos, comprobar con gritos de filósofo o gorgoritos de Alsacia-Lorena que la acústica de la sala seguía siendo lo que siempre había sido y de ninguna forma podía dejar de ser, esto es: el infierno del reverbero, el empíreo de la refracción del sonido; o, en fin, pasar los ratos muertos haciendo rodar la perinola hasta perder el control.

Al cuarto día, el Salón se cerró a cal y canto. Sólo el Gran Chambelán, tras una breve ceremonia secreta, debía entrar de nuevo en él y vaciar catorce botes de flit hasta desinsectar cada rincón de la sala. Año tras año, las doncellas de Palacio lo veían salir pálido, los ojos lechosos, los perniles temblequeantes, las rodillas flojas. Más que ebrio de permetrín. Al borde de la muerte, sí, mas satisfecho por el deber cumplido.

El quinto y el sexto día el Salón permanecía cerrado y sus puertas custodiadas por toda la Familia Figino. Posaban durante dos días para una foto que nunca llegaba. Sin moverse, sin hablar, sin permitir (jamás, nunca, de ningún modo) que nadie accediera a la sala de baile de Palacio. De ellos decían (dicen) que engordaban perros en el corral de su casa para luego comérselos (plato Figino-exquisito: orejas de perro pachón escrofuloso), que habían asesinado y hecho desaparecer el cuerpo de un buhonero, dos carteros, un vendedor de enciclopedias y quince o veinte Testigos de Jehová por andar rondando la casa-Figino en busca de sus mujeres-Figino, y que eran, por ir abreviando que la lista es larga y aún queda mucho por contar, una familia ciertamente notable, de costumbres un tanto depravadas incluso para los muelles usos Francés.

Y os aseguro que no es poco mi enojo al recordar cómo se torció y de qué forma lo que andaba bien derecho: mi gran triunfo en Francés.
Mientras los Figino guardaban las puertas en pose de familia esperando a un fotógrafo que nunca llegaría, yo recibía emocionado el deslumbrante casco prusiano que coronaría mi majestuosa figura en el Gran Desfile Anual de la Máscara en Palacio. ¡Un pickelhauben con pincho dorado del eximio Taller de Yelmos de Dánzig! Me lo enviaba en una caja con lazo dorado mi buena amiga brandeburguesa sobrina del archifamoso logopeda alemán (loco): Frieda Roderica Könisberg-Renania-Palatinado. Dentro, en una nota perfumada y con manchitas de chocolate-bombón, la buena de Frieda Roderica me deseaba suerte y me enviaba un besito con alas de mariposa que confieso que no alcancé a atrapar: escapó por la ventana a las calles Francés.
La verdad es que me había distraído el ruidito tan delicioso que hacen al rozarse los muslos de la hija de la viuda del segundo (tan joven, tan bonita, tan desgraciada) cuando baja brincando la escalera porque llega tarde al Liceo.

jueves, agosto 16, 2007

Correr tras el propio sombrero


"Hay pocos momentos en la existencia de un hombre en que éste experimente tan lamentable angustia y encuentre tan escasa conmiseración caritativa como cuando va en persecución de su propio sombrero. Para alcanzar un sombrero se requiere mucha frialdad y un grado especial de discernimiento. Uno no se debe precipitar, pues lo pisará; no debe caer tanpoco en el extremo opuesto, pues lo perderá por completo. El mejor modo es mantenerse gentilmente a la altura del objeto de la persecución, ser prudente y cauteloso, acechar bien la oportunidad, pasar poco a poco delante de él, y entonces dar un ataque rápido, agarrarlo por el ala y encajarlo firmemente en la cabeza; sonriendo todo este tiempo agradablemente, como si uno considerara que es una broma tan buena como cualquier otra."

Los papeles póstumos del Club Pickwick
Charles Dickens
(Trad. de José María Valverde)
Debolsillo/Mondadori

lunes, agosto 06, 2007

Verano. Verano. Verano.



De ir por casa o en traje de baño. Me acompaña, como dicen que le pasa a Europa y a los viejos europeos, un vago sentimiento de melancolía.

miércoles, agosto 01, 2007

Apoteosis Trenzano (1)



Quizá se ríen de mí desde la foto los Trenzano. Y no les faltan motivos.

Os contaré lo que pasó:

Hará cosa de una semana, atardecido ya, ufano, satisfecho, en sazón, dándome golpecitos con la fusta en los muslos al paso de mis espléndidas botas de montar, me dirigía henchido de entusiasmo al Gran Desfile Anual de la Máscara en Palacio. Aunque un delicioso uniforme de Timbalero del Cuerpo de Dragones de la Emperatriz casi había conseguido conquistarme, elegí mejor: vestía un uniforme completo de Oficial Prusiano de 1871, con sus charreteras, sus galones, su cordón azul al cinto, su sable, sus guantes y sus botones dorados. En la cima de mi humilde persona: gran fiesta Molar craneana: casco de coracero con su rutilante Pickelhaube picopicudo, insignia metálica en la frente y un cordón dorado ceñido a mi barbilla perfectamente rasurada. Completaban el conjunto las patillas hiperpobladas y un bigotazo que podría haber lucido el Káiser Federico III de Alemania o el mismísimo Otto Von Bismarck en noche de gala y baile palaciego.

Decía para mí (o lo que es lo mismo: pensaba): esta vez no se me escapa. Ni las tretas Trenzano ni todas las astucias Francés podrán evitarlo: la insignia de Gran Capitán de la Máscara y Chambelán Sensacional de Todo lo Francés y Parte del Extranjero Mundo sería, por fin y con justicia, mía.

Mi paseo a Palacio era Paseo Triunfal: una goleta o un rompehielos: mi sable, bauprés que parte en dos la muchedumbre turulata, el gentío enamorado de mi esplendente figura de espadón antiguo.

Después, la calle mala de un barrio desolado antes de enfilar la Avenida Francés. De la umbría de un gran portal de piedra (sobresalto y mano a la empuñadura del sable) surge La Gente Terrible. Al instante se ve que su elección para el Desfile no es feliz: guerreras raídas de sargento de Caballería del Reino de Würtemberg y sombreritos con pluma y distintivo de las tropas alpinas italianas. Me miran, los miro y, ya en calma, saludo educadamente:
- Buenas tardes, ¿qué de bueno, amigos Terrible?
- Muy buenas las tenga usted, Sr. Molar. Se le ve muy bonito. Al Desfile, supongo.
- No se equivoca, no. Es tradición inexcusable para cualquier Molar que se precie. Y yo lo hago.
- ¿Le importa que hagamos camino juntos?
- Marchemos. Permítanme que les coja del brazo y vayamos en alegre compaña a la célebre kermés de salón, al incomparable Gran Desfile Anual de la Máscara en Palacio. Algo me dice que esta será una noche de la que se hablará largo en Francés. Quizá hasta el año que viene cuando a estas horas, con buen tiempo y mejor humor, nos dirijamos de nuevo a Palacio marciales, viriles, iluminando el mundo con nuestra gentil lozanía.

Qué poco sospechaba entonces (así es justo decirlo, como tantas veces antes) cuánta verdad encerraba mi inocente vaticinio.

jueves, julio 26, 2007

Molimoribundia



En el día de mi trigésimotercer cumpleaños la Sra. de Molar me regala el libro perfecto. Sé que le ha costado mucho encontrarlo. Se lo agradezco. Es muy buena. Lo leeré en su honor. En el de todos. Gracias.

miércoles, julio 25, 2007

lunes, julio 16, 2007

Dicotiledóneo Magma y Señora


De fondo protervo mas gracioso en el trato, gustaba de las placas tectónicas y la viril fontanería. Fueron muy celebrados sus codillos de bronce rustidos y su válvula desatascadora Chateaubriand. Su mujer, cada noche, en el intermedio de Operación Triunfo: - Recuerda, amado mío, que hay otros mundos.
- Sí, pero están en éste.

Torcuato Luca de Tena




Logró escapar del priapismo en las Islas Venéreas, pero una noche, ya de vuelta en su casa de Montmartre, dio con la horma de su zapato: en la cama, el Cardenal Richelieu se la pegaba con Alfonso Paso.

lunes, julio 09, 2007

Isabel, Luis, las rosas, la comida y los pobres


Santa Isabel de Hungría (1207 - 1231), esposa del landgrave Luis II de Turingia, repartía comida entre los pobres contra los deseos de su marido. Fue sorprendida por éste y ocultó la cesta bajo el mandil.
En respuesta a su mirada inquisidora, le dijo: - Estoy recogiendo rosas.
Cuando él, suspicaz, le levantó suavemente el delantal, la comida se había transformado milagrosamente en un ramo de rosas.

martes, junio 26, 2007

La Familia Molar


En la Familia Molar nadie sabe bailar salsa.

miércoles, junio 13, 2007

Espíritu del Vestido


"Fue de un modo parecido como, fatigado y exhausto por tan elevadas especulaciones, di por primera vez con la cuestión del Vestido. Ya me parece bastante raro el hecho mismo de que haya Remendones y Remendados. El Caballo que monto tiene su propio pellejo: despójalo de las cinchas y orejeras y extraños arreos con que lo he revestido, y el noble bruto será su propio costurero, tejedor e hilador, más aún, su propio zapatero, joyero y sombrerero; corre libre por los valles con el cuerpo cubierto por un perenne traje impermeable de gala en el que la calidez y la comodidad han alcanzado la perfección; más todavía, también se ha tenido en cuenta la gracia y no faltan flecos ni pasamanerías de alegres y variados colores, hábilmente colgados en su lugar. Mientras que yo -¡el Cielo me asista! - me cubro con la zalea muerta de una oveja, con cortezas de vegetales, con entrañas de gusanos, con pellejos de buey o foca y el fieltro de bestias peludas; y voy por ahí convertido en un montón de harapos ambulante, cubierto de jirones y andrajos rebuscados en el pudridero de la Naturaleza, donde se habrían descompuesto, ¡sólo para que se descompongan más lentamente sobre mí! Día tras día, me veo obligado a cubrirme de nuevo; día tras día, mi miserable cubierta se adelgaza tras perder alguna de sus capas; rasgada por el uso y los tirones, debo cepillarla junto al cubo de las cenizas, junto al estercolero, hasta que gradualmente acaba toda allí y yo, el fabricante de polvo, el amolador de harapos, busco nuevo material que convertir en polvo. ¡Oh, bruto innoble! ¡Vil y más que vil! ¿Acaso no tengo yo también una piel compacta y completa, por pálida o sucia que sea? ¿Qué soy: una masa chapucera de harapos zurcidos por sastres y remendones o una pequeña Figura homogénea, bien articulada, automática y, lo que es más, viva?
Es extraño cómo los seres humanos cierran los ojos ante los hechos más palmarios, y por la mera inercia del Olvido y la Estupidez viven felices rodeados de Terrores y Portentos. Pero sin duda el hombre es, y ha sido siempre, un zote y un obtuso, más dispuesto a palpar ya digerir que a pensar y a considerar. Los prejuicios, que tanto dice odiar, son su legislador más absoluto; el simple uso y la costumbre le llevan siempre del dogal: basta con que un amanecer, una Creación del Mundo, ocurran dos veces para que dejen de ser maravillosos y dignos de mención o incluso visibles. Quizá ni una vez en la vida se le ocurra a vuestro vulgar bípedo, de cualquier país o generación, ya sea un Príncipe de áureo manto o un Campesino de bermeja zamarra, que su Vestido y su Ser no son uno e indivisible; que está desnudo, sin vestido, hasta que robe o compre uno y, por previsión, lo cosa y abroche.
Por mi parte, estas consideraciones sobre nuestra cubierta de ropa, y sobre cómo se cuela incluso en el centro de nuestro corazón privándonos de moral, me llenan de cierto horror por mí mismo y por la humanidad; casi como el que siente uno por esas vacas holandesas que, durante la estación húmeda, se ven pastando plácidamente con chaquetas y enaguas (de tela de saco rayada), en los prados de Gouda. Hay algo grande, no obstante, en el momento en que el hombre se despoja por primera vez de sus envolturas adventicias y se da cuenta de que está desnudo y de que es, como dice Swift, “un animal bifurcado, patizambo y esparrancado”, y sin embargo, también un Espíritu y un indecible Misterio de Misterios”.

Thomas Carlyle
Sartor Resartus
Vida y Opiniones de Herr Teufelsdröckh en tres libros

(trad. de Miguel Temprano García)
Alba Editorial

(Foto: la Familia Carmichael unos días antes de acariciar a todos los gatos)

martes, mayo 15, 2007

Vestidos, vestidos, vestidos.



[...] Sabe que cuando hace mucho calor hay que taparse con ropa de abrigo, una pelliza y un gorro de piel de cordero, y no quedarse en carnes, como hacen los blancos. Al contrario del hombre despojado de ropa, el hombre vestido piensa. La persona desnuda puede cometer cualquier locura. Los que crearon grandes obras siempre fueron vestidos. En Sumeria y en Mesopotamia, en Samarkanda y en Bagdad, a pesar del calor infernal, la gente siempre ha ido vestida. Se crearon allí grandes civilizaciones, desconocidas en Australia o el ecuador africano, donde la gente iba desnuda al sol. Basta leer unos capítulos de la historia del mundo para convencerse de ello. [...]

Ryszard Kapuscinski
El imperio
(trad. de Ágata Orzeszek)
Anagrama

domingo, mayo 13, 2007

(2) ¡Desnudos!, ¡Desnudos!, ¡Desnudos!



Después de acariciarlos a todos he ido a casa de Nino Gomera y le he pedido una copia del informe del Sr. Arzobispo Mayoral. Tenía dos. Una para mí. Otra para él. De paso me ha enseñado unas fotos del ombligo de su hermana.

Sigue como sigue:

El nigromante rondó unos días el Gólgota Francés. Vivía a salto de mata. A salto de cama si se daba el caso. Trabó amistad con los Niños Murcia y de vez en cuando les pedía que le dejaran su cuarto para hacer sus cosas. Invocando en la penumbra a unos cuantos muertos procuraba seguir vivo en la práctica de sus arcanos.
Allí, en la ladera del Gólgota Francés, los inviernos son duros, pero aun el invierno más cruel llega a su fin y trae tardes buenas. Fue en una de éstas que el nigromante se echó a dormir la siesta: desnudo sobre la hierba cencida de un hermoso prado. Durmió plácidamente, soñó muchachas nubias y loros muertos alfombrando las calles de Francés. Con el fresquito del ocaso se despertó. Olía a almizcle. O quizá a compota de manzana. Abrió los ojos y allí, de pie ante él, un joven en cueros vivos, pálido, casi transparente, el rostro de perfil, miraba al infinito. Su sexo, de tamaño colosal, le rozaba la nariz postiza. Se incorporó de un salto y aulló, sin saber bien ni mal lo que decía: - ¡Xedropot Násgu Bolardo de Palo!

Cuando abrió los ojos, aquello (que luego pasaría a conocerse como Xedropot: el primer Desnudo documentado y el único con la gracia de un nombre) se había esfumado.

Nuestro buen nigromante abandonó aquellas regiones perturbado en lo hondo por aquella visión y visitó a muchos amiguitos para relatarles lo que había visto (y olido): espiritistas, magos, médiums, adivinos, brujos, videntes, hechiceros, astrólogos, quiromantes y taumaturgos no le aclararon gran cosa. Alguno le hizo dudar: ¿no sería la aparición de un muerto recién invocado venida a destiempo? ¿Una trampa de su imaginación embebida en el misterio? ¿Algún hippie zarrapastroso con ganas de incordiar a la gente de bien y el cimbel estimulado por las drogas y el ayuno?

A los pocos días, la Gaceta Wöyzeck, al otro lado de Francés, hablaba de extrañas apariciones de exhibicionistas pálidos. Y lejos de allí, en los Cárpatos Francés, como quien no quiere la cosa, una de señora de muy buen ver dejaba caer sus pechos desnudos sobre las corvas de un seminarista dormido que, fuera o no casualidad, en ese mismo momento dejó de estarlo.

lunes, mayo 07, 2007

(1) ¡Desnudos!, ¡Desnudos!, ¡Desnudos!



En el vestíbulo del Hotel, un rato antes de acariciar a todos los gatos.

El Diario Francés trae hoy un resumen del informe del célebre Sr. Arzobispo Mayoral sobre la Amenaza Desnuda o, como prefieren llamarlo las Doce Plumas de perilla bien recortada: el Desnudismo Final.

Así cuenta el Sr. Arzobispo la primera Aparición Desnuda: en la ladera del Gólgota Francés, a medianoche, la familia Murcia Québonitaeres se disponía (otros dirían que se aprestaba, pero no es cosa de enmendarle la plana al Sr. Arzobispo, y menos para decir exactamente lo mismo y retrasar lo inevitable) a embadurnarse de Aután unos a otros en deleitosa armonía parentelar.

- Así, Tambor Choto, unta bien las ingles de tu hermanita, que si al escozor se une el roce, el disgusto es completo.
- Óptimo, Mamá Murcia, cuida de no dejar un solo pedazo de tegumento al albur de los feroces insectos del Gólgota Francés.
- Tan apreciados, por otra parte, por su deliciosa leche de insecto del Gólgota Francés.
- Con ella hacemos mantequilla del Gólgota y queso de espiritrompa.
- Y los domingos, si hace bueno, salimos al camino Francés y ofrecemos a los caminantes nuestros sabrosos productos tradicionales y nuestra modesta alegría.
- Una vez pasó, uno, eh, Mamá. ¿Te acuerdas?
- Sí pasó, como que este dedo meñique está cosido (como todo mi cuerpo) a esa inmensa tela de araña que es el universo todo, que pasó: recuerdo su pecho velludo, sus manos como tenazas de herrero, sus cejas pobladas, retorcidas en los extremos; la nariz gorda y roja (quizá postiza, como dicen que se estilaba aquel invierno) el aliento: vino Francés; y la mirada, negra, negra, negra cuando estaba en silencio.
- Al hablar se le irisaba. O más bien centelleaban en rojo el izquierdo y el derecho. Acompasados. Supuse que nuestro caminante debía de practicar la nigromancia. Y pronto descubrí que estaba en lo cierto.
- Pues sí, señor, ése es mi oficio. Les sonsaco a los muertos cosas que los vivos olvidaron, no osaron o no tuvieron tiempo de preguntarles.
- ¿Y eso da mucho?
- Hombre, pues depende. A veces, si es cosa de herencias, sociedades o dineros ocultos sí puedo cantar el aleluya (usted ya me entiende), pero muchas otras es más sentimental, de nietas o hijos a abuelos o madres y casi sabe mal pedir algo luego que no sea un refrigerio, un piscolabis o una pizca de sal gorda.
- ¿Y tiene usted nombre?
- Pues sí tenía uno, sí, y bien distinguido. Pero ya sabe cómo son estas cosas. Uno se obceca en lo suyo, se pasa el día magia negra por aquí, ocultismo por allá, hasta que llega a ser un nigromante de padre y muy señor mío. Eso sí, el nombre se le va borrando hasta que no queda ni la serifa de la A inicial en Garamond. Anónimo. Anónimo del todo se queda uno. Así que, si le parece bien, puede llamarme Caminante Nigromante Anónimo, Usted a secas, o brindarme otro de esos deleitosos aguijonazos con su espiritrompa que de tal forma han enardecido mi alma de brujo montañés.

domingo, marzo 11, 2007

La importancia del demonio


“Un gran conocedor del Demonio, San Ignacio, nos advierte en sus Reglas para en alguna manera sentir y conocer las mociones que en el ánima se causan y con mayor discreción de espíritus, de cómo pueden conocerse estos espíritus, buenos o malos, al oído o por el oído, finamente, aguzándolo: por el sonido, por una especie de sonoro tacto; que así como se ha dicho que cabe tocar con los ojos al mirar, bien pudiera decirse que se puede llegar a tocar en el alma con el sonido, ya que la fe es por el oído, según el apóstol; y sólo así a bulto y porque nos lo dice la fe sabemos, según Santa Teresa, que tenemos alma. Que eso pudiera ser, en definitiva, la poesía y la música, lo mismo infernal que celeste: una especie de sonoro tacto. En los que proceden de bien en mejor – escribe San Ignacio – el buen ángel toca a la tal ánima, dulce, leve, y suavemente como gota de agua que entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido e inquietud como cuando la gota de agua cae sobre la piedra; y a los que proceden de mal en peor tocan los sobredichos espíritus contrario modo; cuya causa es la disposición del ánima de ser a los dichos ángeles contraria o símile: porque cuando es contraria entran con estrépito y con sentido, perceptiblemente: y cuando es símile entran con silencio como en propia casa a puerta abierta.
Como la fe es por el oído y el oído es por la palabra de Dios: la palabra de Dios, que es la vida, la luz y la verdad, es la que, por el oído, viene a robarnos el Demonio. Por el laberinto del oído, que es como el laberinto del vientre, un entrañable laberinto de asimilación espiritual. El laberinto del oído son las entrañas del aire en las que se hace sangre espiritual nuestra fe como quería el apóstol. Por eso tenemos los creyentes el alma en un hilo: de aire o de sangre; porque en el fondo de ese sutilísimo laberinto vivo, radica, como todos sabemos, no solamente el sentido del oír, que es lo más profundo del hombre, sino ese otro sentido por el que se sostiene y se mantiene en pie: el de su equilibrio en el espacio; como si en esa laberíntica profundidad con que escuchamos se aclarase nuestro ser temporal en el espacio silencioso, en los espacios silenciosos. El silencio eterno de los espacios infinitos le asustaba a Pascal, por eso: porque le hacía perder el equilibrio, su equilibrio vivo.

José Bergamín
La importancia del demonio
Ed. Siruela

sábado, marzo 03, 2007

La tentación de San Antonio


"Se sienta y se cruza de brazos.

Sin embargo... había creído sentir la cercanía... Pero ¿por qué vendría Él? Además, ¿acaso no conozco sus artificios? He rechazado al monstruoso anacoreta que me ofrecía, riendo, panecillos calientes, al centauro que trataba de tomarme sobre su grupa, y a aquel niño negro aparecido en medio de las arenas, y que dijo llamarse el espíritu de la fornicación.

Antonio camina a derecha y a izquierda, vivamente.

Por orden mía se han construido esta multitud de retiros santos, llenos de monjes que llevan cilicios bajo sus pieles de cabras, ¡y son tantos que podrían formar un ejército! He curado de lejos a enfermos; he expulsado demonios; he pasado el río en medio de cocodrilos; el emperador Constantino me ha escrito tres cartas; Balacio, que había escupido sobre las mías, ha sido descuartizado por sus caballos; el pueblo de Alejandría, cuando he reaparecido, se peleaba por verme, y Atanasio me hizo volver al camino. ¡Pero también qué obras! ¡Hace ya más de treinta años que estoy en el desierto siempre quejándome! He llevado a mi espalda ochenta libras de bronce como Eusebio; he expuesto mi cuerpo a la picadura de los insectos como Macario; he permanecido cincuenta y tres noches sin pegar ojo como Pacomio; y aquellos a quienes decapitan, atenazan o queman tienen menos virtud quizá, puesto que mi vida es un martirio continuo.

Antonio modera su marcha.

¡Ciertamente no hay nadie en tan profundo desamparo! Los corazones caritativos escasean. Ya no me dan nada. Mi capa está gastada. No tengo sandalias, ni siquiera una escudilla, pues he repartido a los pobres y a mi familia todos mis bienes, sin guardarme un céntimo. Aunque no fuese más que para tener los instrumentos necesarios para mi trabajo, necesitaría un poco de dinero. ¡Oh!, ¡no mucho!, ¡una pequeña cantidad!, no la malgastaría.
¡Los Padres de Nicea, vestidos de púrpura, se mantenían como magos, en tronos a lo largo de la pared, y les ofrecieron un banquete, colmándolos de honores, sobre todo a Pafnucio, porque es tuerto y cojo desde la persecución de Diocleciano! El Emperador le ha besado varias veces su ojo vacío, ¡qué tontería! ¡Por lo demás, el Concilio tenía miembros tan infames! ¡Un obispo de Escitia, Teófilo; otro de Persia, Juan; un pastor de rebaños, Spiridion! Alejandro era muy viejo. ¡Atanasio debería haber mostrado más suavidad con los arrianos, para obtener de ellos concesiones!
¡Las habrían hecho ellos! ¡No quisieron escucharme! El que hablaba contra mí - un joven alto de barba rizada - me lanzaba con aire tranquilo objeciones capciosas; y mientras yo buscaba mis palabras, me miraban con sus caras malvadas, ladrando como hienas. ¡si pudiera hacer que el Emperador los exiliara, o más bien los golpeara, los aplastara, verlos sufrir! ¡Es mucho lo que yo sufro!

Se apoya desfallecido contra la cabaña.

¡Es de haber ayunado tanto!, mis fuerzas se me van. Si comiera... una sola vez, un trozo de carne,

Entorna los ojos, languideciendo.

¡Ah!, ¡carne roja!..., ¡morder un racimo de uvas!..., ¡leche cuajada que tiembla en un plato!
Pero ¿qué tengo?... ¿Qué me pasa?... Siento que mi corazón se ensancha como el mar cuando se avecina la tempestad. Una flojedad infinita se apodera de mí, y me parece que el aire cálido lleva el perfume de una cabellera. Sin embargo, ¿no ha venido ninguna mujer?

La tentación de San Antonio
Gustave Flaubert
(Trad. de Germán Palacios)
Ed. Cátedra